Cipriano, de Arizaleta a Quiñihual


Carta de Adolfo Marcalain a Marina Marcalain, en referencia a la travesía de Cipriano desde Arizaleta a Quiñihual.


Hola Marina: Empiezo a relatarte las peripecias del tatarabuelo de tus hijos, Cipriano Marcalain, nacido en Arizaleta, Navarra, España, el 26 de septiembre de 1857; o sea, 101 años mayor que su nieto mas chico, o sea, yo.

En ese pueblo que era un caserío de unas 20 o 30 casas, algo desperdigadas, con un grupo más unido cerca de la iglesia, como no podía ser de otra manera. Tenía unas casas adaptadas al riguroso clima de montaña, cerca de los Pirineos, por lo tanto a las paredes de piedra. Había que ubicar en la planta baja un lugar para los animales, para que pudieran resistir los durísimos inviernos; en el siguiente nivel, la morada de la familia, con piso de madera con hendijas para que pase el calor de los animales, y un efecto colateral, también olores. Y en la parte superior estaba el granero para las provisiones de los animales y a la vez como aislante del frío. Ante este panorama imaginate que cuando la familia se hizo grande no se podía hacer un cuartito al lado, entonces Cipriano pasa a dormir a la casa de un tío (no se cuál). Como todas la reparaciones de la casa se hacían por los que allí vivían, se aprendió una variedad importante de oficios.

Cuando el abuelo Cipriano tenía 14 años una fracción de combatientes de la Guerra Carlista (Guerra Civil por el poder en España) toman parte del pueblo, precisamente donde estaba Cipriano. Como era de contextura chica lo ponen con una especie de corneta con la que daban las ordenes “para atacar”, “para reagruparse” etc. Una noche atacan el campamento, y el abuelo huye asustado. Cuando se encuentra con el jefe, éste le ordena que vaya a buscar la corneta, sino lo fusilaba… Si iba a buscarla lo fusilaban los otros, si se quedaba lo fusilaban los propios; así que, sabiendo que por los Pirineos tenía un tío decidió irse, cruzar, no las Sierras de Tandil, sino ni más ni menos que los mismísimos Pirineos. Tardó tres días en llegar, sobreviviendo al frío, al hambre, a los lobos, a los osos y a los que cazaban a los desertores. Y Cipriano llegó.

Imaginate que en esos páramos una “boca” más es mucho, así que lo pusieron en un barco y lo mandaron a América; no a un lugar en especial, se lo sacaron de encima, a donde cayera. Cuando llegan a las Islas Canarias, se quedan sin vientos Alisios, que son los que se dirigen de este a oeste por sobre y bajo el Ecuador; y los barcos, que por supuesto eran a vela, aprovechaban para impulsarse. Por lo que tienen que volver a España para reaprovisionarse. En este período una gallega le enseña a escribir y a leer. Esto le abre un panorama enorme al abuelo. Cuando llegan a Buenos Aires, porque allí se dirigía el barco, está los cuarenta días reglamentarios de cuarentena. No sé cómo se anoticia o lo mandan, eso no lo sé, que en la frontera había posibilidades. Entonces se va Dolores, que precisamente era la frontera.

Los primeros bebederos hechos de tronco ahuecado los hace el abuelo Cipriano, no se conocían los bebederos por acá. Se hacían quemando la madera y con una hachuela para ir ahuecándolos, y estos bebederos los canjeaba por ovejas para luego a éstas, canjearlas por un pedazo de campo. Recordemos que los campos en esa época no valían nada, y menos en la frontera. Los dos últimos malones que llegan a Buenos Aires, uno comandado por Manuel Namuncurá y el otro por (paradójicamente) Cipriano Catriel, pasan por Dolores; fueron en 1876 y el abuelo llega en 1878.

Mas adelante, transcurridos unos años y ya afincado, manda una carta a su familia en España solicitando que le manden… una vasca… Sí, así es como se vinculaban en esa época, y se la mandaron. Y, Marina, es tu bisabuela, Ubalda Irurzun. Con esta señora tiene ocho hijos: Nicolás (1886), María Magdalena (1888), Anselma (1890), Eusebio (1893) tu abuelo, Juan (1895), Victoria (1896), Benito (1898), y Clara (1902). El abuelo consigue darle estudios universitarios a todos los hijos varones, con lo que logran vincularse socialmente. Después que fallece Ubalda, varios años después, el tío Benito deserta del Ejército. Dicen las malas lenguas que tuvo un romance con la señora de un teniente y al “gorreao” (palabra cordobesa que significa cornudo) no le gustó. El tío Benito huye al Paraguay; sus hermanos mayores están  ya metidos en política y consiguen un indulto.

El abuelo se casa nuevamente, con Rita Sayago, mi abuela, y se va al Paraguay a buscar a su hijo. No había internet, ni teléfonos, ni nada; había que rastrearlo como se pudiera. Primero compra un almacén en Ypacaraí y luego un campito. Tiene ahí tres hijos: Mario (1919), Cipriano (1921) mi papá, y Rita (1922). Fallece Rita, y se viene con sus tres niñitos y el tío Benito. En carreta desde Ypacaraí hasta Asunción, de ahí en barco hasta Resistencia en el Chaco; de ahí en el tren de La Forestal hasta Rosario, y desde ahí hasta Quiñihual en carreta. Tres largos meses.

Por eso, Marina, ves que pudimos ser cualquier cosa. Por eso me gusta lo que estás haciendo. La familia es lo que tenemos adentro, lo que nos une, las cosas que nos hermanan. La identidad es la que uno quiera darle. De ese vasco que salió analfabeto de España llegamos a esto. Y es lo maravilloso. Ahora tenés un poquito más para contarle a tus hijos. Espero que lo disfrutes, lo divulgues y lo cotejes, porque estos relatos, como te dije antes, los saque de mi viejo, del tío Benito y del tío Juan. Sé que Jorge sabe bastante pero no he tenido la oportunidad de charlar con él.

(...) Bueno Marina: Te mando un beso así de grande. Dale un beso a Rocío.

Quiñihual

Detuvo el indio su corcel de guerra
mirando a todos con altivo ceño.
Plantó un extremo de la lanza en tierra
con gesto torvo y ademán zahareño.

Y dijo el lenguaraz: “Hemos vencido”
y es nuestro ahora, tu nativo suelo.
“Serás esclavo, donde Rey has sido”.
Nada dijo el cacique miró al cielo.

Con las manos privadas en los grillos
Quiñihual el cacique meditaba…
Los blancos festejaban la victoria.

Y fue entonces: rompiendo los anillos
que alzóse el indio de la raza brava
y ante los blancos se mató con gloria!

Quiñihual, 1918

Trencarreta

Penacho de humo parduzco,
crujir de vagones viejos,
tren de ramales perdidos
desvencijado y maltrecho,
por mi ventanilla abierta
entra a retazos el cielo.
Un pentagrama de pájaros
forma la red del telégrafo,
más allá los sembradíos
y los ganados paciendo,
el árbol, las alambradas,
molinos y abrevaderos,
las casas de las estancias
con sus colorados techos;
por ahí un gaucho a caballo
y a sus garrones un perro,
alfalfares de invernadas,
parvas de trigo harinero,                           
y algún festín de caranchos
sobre una vaca pudriéndose.
Todo lo observo al pasar
con sus matices más ciertos,
sin prisa, como este tren,
que me lleva lejos, lejos...
                      
Llanura, siempre llanura,
confín lejano sin término,
caseríos del camino,
estaciones del trayecto,
señales sin vía libre,
demoras hasta el bostezo.

En los andenes presencia
heterogénea de pueblo,
la autoridad con charrasca,
paisanos de rostros recios,
portafolios de un viajante,
boina de un vasco tambero.
Y unas muchachas que pasan                   
juntas del brazo riendo...

Y así hasta que la campana
pone el tren en movimiento,
quedan detrás los adioses,
las alas de algún pañuelo,
que en todas las estaciones
hay siempre flotando un dejo
de tristeza, que se expande
con cada tren en partiendo.
No me duelen, sin embargo,
las horas que andando llevo,
me hundo en mi fondo abismal
y allí entre sueños me quedo,
recordando mis andanzas
entre oficinas y rieles.

Aquellos felices tiempos,
que conocí a la Victoria
en campos quiñihualenses.
Ella tan guapa y tan buena
que era una flor entre breñas.
Nos vimos y nos quisimos
y enlazamos nuestras vidas
con bendiciones del cielo.

Don Cipriano y doña Magda,
padre y hermana de ella
nos dieron una gran fiesta,
y allí pitaban los trenes,
porque se casaba el Jefe.
Maquinistas y foguistas,
auxiliares y cambistas,
nos hurraban de contentos,
y el paisano don Arturo
nos dió un abrazo fraterno.

Yo era Jefe de estación
y ahora de familia era;
cargué responsabilidades
-para mí fueron placeres-.
Y nos vinieron dos hijos,
y por adopción otra nena,
que alegraron nuestras vidas
sin dejar nacer las penas.
Los hijos se hicieron grandes;
los hijos nos dieron nietos,
aumentando nuestras dichas,
pero ...vinieron las penas,
porque a la pobre Victoria
la llevaron a los cielos.
Ella que alegró mis días
se fue para no volverse.

He venido para España
porque a España mucho quiero,
y quise pisar el suelo
donde mis padres murieron,
donde corrí de pequeño
y empecé a amar a los trenes;
los bufantes trenes brujos
que hacen rechinar los rieles,
y se paran y deslizan
como majestuosas sierpes,
que van tragando horizontes
por campiñas, valles, puentes
y lugares montañosos
donde se abren como cuevas,
los túneles horadantes
de las imponentes sierras.
Bocas que a trenes humeantes
reciben como a sus presas;
ya sean veloces “rápidos”
o los más lentos “cargueros”
que allá en su seno se pierden.

Cuando vuelva a Buenos Aires,
tomaré mi tren carreta,
y recorreré las pampas
con paisajes diferentes.
Hallaré todo cambiado,
según tengo referencias,
que el progreso –no en vano–
cambió la quietud del tiempo.
Hallaré a mis hijos guapos,
trabajando en sus quehaceres
y a mis nietas queridísimas,
crecidas y pizpiretas.

Pero en el fondo de mi alma,
hallaré a mi tren carreta,
tal cual yo lo dejara
en otros lejanos tiempos,
comiéndose las distancias,
despacio y con traqueteos,
con sus mechones humeantes
y sus pitadas de fierro.
Y al descender en mis pagos,
allá en la Argentina tierra,
y comparar a sus trenes
con los hispanos expresos,
pensaré que son mejores,
más humildes y modestos,
más sencillos y sufridos,
aquellos trenes carretas,
que yo guardo en mis recuerdos
como preciado trofeo.

Ellos cruzaron los campos,
cuando éstos eran desiertos,
sembrando civilización
a los costados é los rieles,
y yo los llevo en el alma,
bien grabado en mis recuerdos,
junto a la imagen querida
de mi noble compañera,
ferroviaria ella también,
por puro amor a los fierros,
y a su esposo y a sus hijos
que en “Estaciones” crecieron.

Arreglo de Benito Marcalain sobre versos de R. Cárdenas Behety, ubicándolos en boca de don Matías Gómez

La Carreta

Ahí está la carreta a la intemperie...
en silencio, con las varas en alto.
Como si después de la jornada,
se hubiera puesto a estirar los brazos!


Todavía conservan sus maderas,
a pesar de la lluvia y los años,
rastros del color de la bandera,
de su caja a lo largo,
para que desplegada pareciera
en su lento rodar, por esos campos!
Lujo y honra del dueño que tenía
en el tiempo difícil, del pasado.

Carreta que llenaba de rumores,
la quebrada serrana y el hueco del barranco
y trazaba su propio itinerario
con el rudo paralelo del rodado,
desde el punto lejano del desierto,
hasta el lugar poblado.

Las heladas más crudas del invierno
y los soles más fuertes del verano,
la encontraron siempre en el camino
lentamente rodando
entre nubes de polvo blanquecino
o sus llantas hundiéndose en el barro.

En cada amanecer, volcó el boyero
la triste melodía de sus cantos
y en cada anochecida, era una estrella
la escondida lumbre del cigarro.
Nunca olvidó de soliviar tu carga
en el recio madero del “muchacho”.

Hoy que nadie se acerca a tus maderos
que se van cayendo de a pedazos,
yo me siento boyero, en tradiciones
y ato mis recuerdos a tu carro
para andar largo a largo ese camino
que va desde el presente hasta el pasado!

Al lado mismo de tu vieja rueda,
cuando el sol se hubo puesto en el ocaso,
encendí las llamas de tus propios leños
para beber, ansioso, un mate amargo
y rendirlo a lo criollo, en esa ofrenda
mi noble admiración a tu trabajo!

Adivino, Carreta, el gran secreto
que los soles y lluvias han borrado.
Tú tendrías el nombre más bonito
de la criolla más linda de algún pago!!
Como era uso de aquellos carreteros
de decires cortos y de amores largos.

No ha quedado ninguna de las letras
ni casi nada del azul y blanco.
Pero es mejor así, porque estas cosas
hoy sólo sirven para soñar un rato.

Y es que espero viajando ver un día,
en la puerta o ventana de algún rancho
a la moza de trenzas renegridas
que en cada atardecer, está esperando,
el retorno del boyero alegre
que con su nombre, bautizó su carro!
…El que llegaba siempre, repechando leguas
a entregarle su amor y sus encargos!

Por la vieja carreta de Magdalena en Quiñihual

 

Carta de Vico a Jorge con ocasión de la poesía Quiñihual

Bahía Blanca, 15 de mayo de 1991.

Señor: Jorge Marcalain
LA PLATA


Querido Primo:
Mis mejores deseos para vos y todos los tuyos que son los mismos de María.
No sé si vos llegaste a conocer El Quiñihual, la estancia de los Carrera. Sita a unos cinco kilómetros de la estación del ferrocarril R.P.B. del mismo nombre, lugar donde vivieron: Don Cipriano Marcalain, EL ABUELO, con mayúsculas, la tía Magdalena de Carrera, Arturito y Olfito, sus hijos, Mario y Ciprianito, sus hermanos, pero también hijos en la adopción del cariño.
Todos los Marcalain, los Gómez, los Nuñez, los Rondina, tuvieron alguna vez que ver con Quiñihual. ¿Por qué? Porque era un solar de brazos abiertos en el cual, centrípetamente, se mezclaban los amores familiares por el polo de atracción del ABUELO, por la índole maternal y ecuménica de la tía Magdalena, y por la misma índole fraternal de Arturito, Olfito, Mario y Ciprianito y asimismo por la índole del propio paisaje bucólico que conjugaba una geografía, tenaz en el llano y bajo, pétreo en las lomadas, lujuriosa en los montes de pinos, eucaliptos, aromos, sauces, mimbres, ligustros, frutales, geografía “enrubicada” en el hermoso arroyo, bordeado de sauces, que como una sofisticada e inmensa firma, recorría en meandros caprichosos todo el campo, luego de venir de las lejanas sierras, como mensajero, en su corriente rumorosa, de noticias que hablan as los predios transcurridos, de sucedidas de clima, y que luego desaguaba bien lejos en enjuncada laguna, delicia de patos y garzas y peces y sapos y ranas.
Imaginá el escenario. Yo que lo transité durante todas las vacaciones de mi niñez y adolescencia y representé en él como partiquino o actor principal los más diferentes papeles del melodrama de la vida, te puedo transmitir en pobre léxico mi felicidad pasada, mi felicidad nostálgica, que me hace actualizar en meditaciones placenteras, vivencias, vivencias y más vivencias. Queriendo trasmitirte, algunas de ellas, te envío algunos versos, que llevan no muchas prolija elaboración literaria pero si expresan verdades muy pretéritas, que a veces se difuminan en el recuerdo de una cabeza a la cual ya el tiempo le juega travesuras colesterémicas en lagos de olvido funcionales.


 

Quiñihual

Episodio legendario sobre la muerte del cacique Quiñihual

Quiñihual era un cacique de las tribus de los “Piedra”,
subalterno de un gran jefe que en Salinas habitaba.
Los “curás”, padres e hijos, extendían su dominio en la llanura
y arrancando sus corridas de malones de unos valles de los Andes,
se adentraban con su furia, sus crueldades y proezas,
hasta cerca del Salado, río grande, en Buenos Aires.
Quiñihual se mantenía en sus dominios, gobernando a sus tribus legendarias,
que vivían entre sierras, cañadones y lagunas, explanadas, pajonales;
y sus huestes lo querían, respetaban y admiraban,
porque a todos enseñaba, corregía, dirigía y preparaba,
con paciencia, con astucia, con firmeza, sabiamente,
cual los indios indomables de los “Piedra” reclamaban.
Quiñihual tenía esposas, no una, varias: indias bellas e hijos tantos
que olvidaba hasta sus nombres; pero todos acudían cada vez que los llamaba;
y jugando, ya a la lucha, al ataque o a la defensa, él así los adiestraba;
pues la lucha con la fiera o con el hombre, era ley de subsistencia en su comarca.
Los inviernos eran crueles, por ser fríos, neblinosos o de lluvias torrenciales;
 los veranos, calurosos, mas los toldos de totoras o de cueros o de pajas,
daban sombra bienhechora a las tribus montaraces.
Primavera y el otoño son edenes en las pampas; dan entonces Flora y Fauna,
mil especies de productos que alimentan y recrean al humano.
Los arroyos cantarines, de aguas claras, proporcionan peces varios,
y los indios se divierten, viven, cazan, orgullosos de su raza, porque Dios así lo manda.
Cierto día llegó un chasque que venía a la carrera, reventando sus caballos,
a avisarle a aquellas tribus, que llegaban a esos pagos, centenares de cristianos,
milicianos bravos, bravos, coroneles con fusiles y soldados bien armados,
a correrlos o apresarlos, dispersarlos o a matarlos;
pues el “huinca” quiere campos, campos y más campos,
aunque sea para nada o a lo sumo para asir en su provecho,
cuatro lonjas, muchos cueros y los bichos que dan carne,
sin mirar que el indio es dueño de esa tierra y sus tesoros,
desde el tiempo que se pierde en los años de los años.
Calfulcurá le previene: Retiráte, no podés hacerles frente,
que son muchos y que vienen bien armados. Adentráte por la pampa
y veníte con los tuyos, con tus flechas y tus bolas, tus caballos y tus lanzas
y tus hombres valerosos, las mujeres y los hijos, a “La Grande”.
Aquí todos, bien unidos, triunfaremos de quien quiera atropellarnos.
Quiñihual medita y habla: parlamenta con los suyos y resuelve al fin quedarse,
y tres días más se pasan, que no comen, que no duermen, esperando precavidos
el ataque de los blancos.

¡Ya se asoman y ya avanzan! Se oye un toque de corneta y ya atacan.
Se pelea con denuedo. Caen y caen por ambas partes entre gritos y alaridos aterrantes,
y la tierra generosa va cubriéndose de sangre.
De los indios sólo pocos van quedando.
Quiñihual en la barranca del arroyo es rodeado.
Hacia él va un sargento, daga en mano,
y le dice: Estás vencido, ¡entregáte!
–No me entrego– le contesta. –Ah, sos guapo– dice el huinca:
Ya verás lo que te pasa. Y hace amago de cruzarlo con su daga.
Quiñihual se ha defendido, se ha esquivado y a empellones y puñadas
al sargento quita el arma y él la empuña y de un planazo tira al suelo al adversario.
Mas veinte hombres lo rodean y repiten: ¡Entrágate!
–No me entrego. Quiñihual grita iracundo: ¡De mi tierra no me sacan!
Y la daga del sargento blandió en alto,
Y volviéndola hacia él mismo, en su pecho se la clava.
Al morir iba diciendo: ¡De mi tierra no me sacan!
Transcurrieron muchos años. El arroyo de aquel pago
lleva el nombre del valiente que murió en sus barrancas,
defendiendo a la tierra de sus padres, de sus hijos, de sus tribus,
... ¡de sus tribus indomables!
Los Carrera, que poblaron la comarca
a la estancia que erigieron, como acto de justicia,
“El Quiñihual” la llamaron;
y las vías de los trenes ese nombre confirmaron
pues con tal nombre designan
a la estación que allí alzaron.

1970
 

La casa vacía

La casa vacía ha quedado...
después de vuestra partida,
nuestro corazón, quebrado,
pero felices de que hayan venido
con la esperanza de vernos muy pronto,
nuestra Rocío querida.

Cumple Mariela

Tienes un año más, o un año menos,
en la cinta del tiempo no cuenta
la vida humana, que es ínfima
y muy corta.
Pero si mido yo mis emociones
y digo que al correr de muchos días
pusiste en mi vida
como regalo mágico de Reyes
la cálida expresión de tu ternura
y la blandura de tu pecho amable,
y criaste los hijos que tuvimos,
y reímos con ellos, y lloramos
también cuando la pena
se acercó a nuestra casa
y puso luto en ella,
si mido todo eso, aun callando
lo que guardo muy fiel dentro del pecho,
éste, tu año más o tu año menos,
es para mí emoción, grato recuerdo
y sumado a los otros
que juntos compartimos,
compendio de un vivir muy bien vivido
que no arredró la lucha ni el trabajo
y nos encuentra juntos y animosos
para seguir, al surco de la vida,
lo mismo una año más que un año menos.

Los pagos del Quiñihual

Los pagos del “Quiñihual”
han quedado en mi recuerdo,
como apretado pehual,
sujetando sentimientos.

No sé si los años mozos,
por la misma mocedad,
son los que más atesoro,
de la mente en su desván.

Y así, mirando el pasado,
pleno de felicidad,
descubriré paso a paso
lo que merezca historiar.

En los campos de Carrera
pasé mucho de mi vida.
Llegaba hacia la cosecha,
y... a veces, cuando la esquila...

O... en invierno, pa' la arada,
cuando se araba con rejas
tiradas por caballadas
de fuerza grande y pareja.

Supe bañar las ovejas
para su sarna curar.
Me entreveré en las yerras,
en donde aprendí a marcar.

No me atreví en las capadas,
ni nunca aprendí a pialar,
no practiqué la domada,
como tampoco carnear.

Correteando en las lomadas,
en busca de vizcacheras,
o en el arroyo de pesca,
pasé jornadas enteras.

Recorrí las arboledas
de pinos, mimbres y sauces,
coseché las ramas prietas
de fruta de los frutales.


Gustaba andar a caballo
y recorrer los trigales
y transitar todo el campo
como amo de esos lares.

Y, atravesando el arroyo,
o vadeando la laguna,
sentirme centauro ansioso
de intervenir en mil luchas.

En mañanas de neblina,
cuando despuntaba el sol,
teníamos una cita
con las nubes de algodón.

Y... de a pie o de a caballo,
corriendo o al galope
pasábamos largo rato,
recorriendo campo y monte.

Y... éramos pasajeros
de ficciones y aventuras,
viviendo alegres un sueño
mientras seguía la bruma.

En noches de luna llena
íbamos a peludiar
y a recorrer vizcacheras
a la luz de un Petromax.

A la hora en que los trenes
en la estación recalaban
nos íbamos con el breke
para retirar las cartas.

Allí el jefe de estación
distribuía el correo
gritando con voz en cuello
los nombres en “itañol”.

María viuda de “Carera”,
Valentina de Villar,
iba así nombrando cartas
con su gracejo especial.


También llegaban los diarios,
o la bolsa de galleta,
o contestando un aviso
llegaba nueva sirvienta.

Aprovechando el viaje,
y para matar los vicios,
llegábamos al almacén
en busca de cigarrillos.

Y... en el boliche de Chiapara,
que nos vendía a pagar,
pedíamos nuestra marca.
¡Qué lindo que era pitar!

Comprábamos mortadela
y algún pedazo de queso,
que con galleta fresquita
comíamos al regreso.

Y los tordillos trotando,
rumbo hacia la querencia,
iban ruta transitando
sin necesidad de riendas.

Porque sabían que al cabo
de la llegada a las casas
se los enviaba al campo
o a pastar y a las aguadas.

El abuelo, Don Cipriano,
el patriarca de la casa,
en espera de los diarios
hacía sobremesas largas.

Una vez recibidos,
se echaba a dormir la siesta,
siguiendo antes el rito
de leer Nación y Prensa.

De abuelo para escribir,
hace falta un lápiz largo.
Hay muy mucho que decir
de este ilustre barbado.


Decires que pintarán
con un pincel de recuerdos
al hombre que fue capaz
de ser cristal de sucesos.

Nació el abuelo en España,
en la vasca Arizaleta,
un paraje de montañas
vecino a tierra francesa.

Se vino a nuestra Argentina
cuando era joven la patria
y cuando aún existían
indios poblando las pampas.

Y se afincó en este suelo.
Casóse y nacieron hijos,
los que lo honraron luego
y le dieron su cariño.

Él laboró en esta tierra,
y se labró un porvenir,
su voluntad tesonera
fue el aval de su vivir.

Además su honestidad
y el sostén de su palabra,
fue el signo proverbial
que hizo se lo respetara.

Fue comerciante en abastos,
en los ramos generales,
y en productos consignados
por productores rurales.

Explotaba el negocio
en una grande casona,
aún presente testimonio.
Sus paredes son historia.

Una historia familiar
que me toca muy de cerca,
porque allí vivía mi vieja
cuando empezó a noviar...


...con Matías, el gallego,
el Jefe de Quiñihual,
un ferroviario completo,
quien fue luego mi papá.

Don Cipriano había enviudado,
el negocio no marchaba,
y por temor al fracaso
lo vendió en forma inmediata.

Juan y Rondina quedaron,
para liquidar la venta,
y firmar luego el contrato
que el patrimonio enajena.

Juntamente con Benito
fue al Paraguay el Abuelo,
siendo muy bien acogidos
por las gentes de aquel pueblo.

Allí se puso de novio
y se casó al poco tiempo,
y de esas nupcias, tres hijos
le nacieron al abuelo.

Nuevamente quedó viudo
y le plugo regresar,
vendió todo lo que pudo
y se volvió a Quiñihual.

Recaló en lo de Carrera,
donde Arturo y Magdalena
le abrieron la casa entera,
a él y a la prole nueva.

Pero luego una madraza,
que era Victoria, mi madre,
llevó a la nena a casa,
por voluntad de mi padre.

Mario y el Negro, crecieron
en casa de los Carrera,
como hijos verdaderos
de la tía Magdalena.


El Abuelo aglutinaba
a la familia entera.
Su cumpleaños convocaba
a una fiesta verdadera.

Y al Quiñihual llegaban,
de Suárez, Pringles, Bahía,
de Caruhé y Punta Alta,
el total de la familia.

Y los amigos del pago,
y amigos de los amigos,
invitados y colados,
llegaban como al descuido.

Se hacía grande el festejo
que agasajaba al abuelo.
Era grandioso aquello...
Sí, había hasta asado con cuero.

Y achuras y empanadas
y asado de cordero,
variadas ensaladas,
y pa escanciar, vinos buenos.

Pasteles que eran delicia
rebosaban de bandejas,
y el clericot, chicha y sidra
daban dulzor a la fiesta.

El centro de este jolgorio
era Cipriano, El Abuelo,
que sentado en medio del patio
disimulaba pucheros.

A la tarde había bailanta.
Levantaban polvareda,
bailando tango y ranchera,
acompañados de vigüelas.

Para el gusto del escolazo
había carrreras cuadreras,
y jugando al fisco y dados
gastaban la tarde entera.


A la noche continuaba
el bailongo en el galpón,
hasta bien de madrugada
con victrola y acordeón.

Se repartía el asado
y lo que sobró de las doce,
con vino acompañado,
con licor y clericoces.

Y terminado el festejo
venía la hora de emigrar,
de despedir al abuelo
y volver a la ciudad.

Se iban Nicolás,
Benito, Victoria y Anselma,
Clara, Eusebio y Juan,
con sus familias enteras.

Se alejaban los hijos,
los invitados, los nietos,
los colados, los amigos,
y todo quedaba quieto.
SE ESCUCHABA HASTA EL SILENCIO.

La vida ya continuaba
en la estancia de Carrera.
Lo anterior fue sólo escala
en las tareas camperas.

Del Abuelo sigo hablando,
porque hay mucho que contar
de ese ejemplar anciano,
que hoy mora en el más allá.

No olvidaré mencionar
que era muy sabio el Abuelo,
que se supo cultivar
leyendo diversos textos.

En los textos de la vida
que atesoró la experiencia,
y en los libros escritos
por los que enseñan la ciencia.

Era hombre de consulta,
de muy sensatas respuestas.
Se admiraba su cultura
y educación tan completas.

Era un hombre de “agallas”,
sin miedos acoquinantes,
con oro y plata en su alma,
cultor de amor y verdades.


A las seis de la mañana
(todos los días de Dios)
Don Cipriano Marcalain
dejaba pronto la cama
y se iba a desayunar.

Se hacía una comidita
para chuparse los dedos.
No quedaban ni las migas.
Aún su regusto recuerdo.

Después que había comido
(siempre nos dejaba el resto)
volvía el abuelo a la pieza
y daba le primer aviso,
para ser tenido en cuenta.

¡A levantarse, macacos!
Vengan a regar la quinta,
dénle maíz a los chanchos,
y me atienden las gallinas.

Limpien bien el gallinero,
y junten todos los huevos.
Estaqueenmé los cueros,
y miren si hay pollos muertos.

Se iba luego a la huerta
y se ponía a puntear,
preparando así la tierra
para poder sembrar.

Las cosechas de la huerta
fueron siempre muy opimas.
Cultivaba en rica tierra
con mucho amor las semillas.


Mucho viajaba el Abuelo,
a Suárez, Punta o Bahía,
para visitar los nietos
y a toda la familia.

Cuando el Abuelo enfermó,
lo hizo ya para morir.
Se fue el Abuelo con Dios,
pero se encuentra aquí.
Sí, está aquí, con nosotros,
que lo recordamos vivo,
como un hombre como pocos,
como Abuelo y como amigo.

Descanse en paz Don Cipriano
en ése, su eterno sueño,
que es un premio que ha ganado.
¡Era un gran hombre, El Abuelo!

Ya me ocupé del abuelo
en muy prieta relación,
aunque han quedado hechos
a contar de gran valor.

Y... que no fueron narrados,
pues se agostaron las fuentes,
así que mucho pasado
será misterio por siempre.

Estancia El Huáscar (galpón)

En el interior de un gran galpón, que fuera albergue de animales de pedigré de la cabaña de toros Hereford que tuvo el establecimiento en tiempos del estanciero Cándido Techera, las paredes están pintadas de blanco y cruzadas longitudinalmente por una gran banda color azul-celeste, quedando como una gran bandera argentina que abarca todo el contorno del recinto. Y sobre estas superficies, como si fueran las distintas estaciones de la Pasión en las paredes de una iglesia, se ven de trecho en trecho otras placas de metal esmaltado, donde rezan versos al estilo criollo, a través de los cuales el patrón de la estancia exhorta a los empleados a trabajar con honestidad, dedicación y patriotismo. Estas sentencias son de este tipo:

Que ninguno haga sebo,
que eso es robar al patrón.
Y robar es un delito
y que roba es un ladrón.

(fuente: El país de las estancias, de Yuyú Guzmán)

Estancia El Huáscar (mástil)

Ya adentro de la estancia, en el cruce del camino de entrada con el que lleva a la casa principal, se levante un importante mástil, en cuya base también hay dos placas con inscripciones.


I

Estancia "El Huáscar" 1878- 1941

Se alza aquí, modestamente,
este altar a la bandera,
y a la patria se venera
trabajando honradamente.


II

Esta bandera ondulante
en esta estancia modesta
pone una nota de fiesta
en el trabajo constante.

(fuente: El país de las estancias, de Yuyú Guzmán)

Estancia El Huáscar (entrada)

En la entrada de la estancia El Huáscar, en el partido de General Lamadrid, hay dos pilares a manera de portada, uno a cada lado del camino, donde sobre originales placas de metal enlosado está escrita en letras azules la historia del fundador, y dice así:


I

Esta estancia fue fundada
por Don Cándido Techera,
cuando esto era la frontera
del contacto con la indiada.
Del malón amenazada
prosiguió la trayectoria
de su obra meritoria
y hoy, este establecimiento,
a modo de monumento
perpertúa su memoria.


II

Cuando llegó a esta región,
aún a merced del salvaje,
trajo el eco a este paraje
de la civilización.
Con su fe y con su acción,
desde el momento inicial
hasta la etapa final,
escribió en forma notoria
esta página en la historia
del progreso nacional.


(fuente: El país de las estancias, de Yuyú Guzmán)

Arizaleta

Aldea risueña trepada en las breñas de la Sierra Andía,
tus grises tejados se han escalonado por la serranía
y tu oblicuo suelo se empina hacia el cielo con melancolía.
Arriba la iglesia, abajo la fuente, la clara corriente
que a la luz del día lleva su alegría cautelosamente.
La verde montaña parece una extraña visión fantasmal
y el río naciente rueda en la pendiente de su lagrimal.
El simple labriego recorre la viña pues ya la vendimia está por llegar
y aquellos racimos soltarán el vino mejor del lugar.
Llega la cosecha, hay fiesta en el pueblo.
La grave campana suena en la mañana entre los viñedos
y el mozo y la moza con sus trajes nuevos
recorren de prisa, camino de misa, el largo sendero.
Hay mucha alegría y hay mucho contento,
rocío en las zarzas, perfume en el viento,
y allá en la manada la bella zagala
dice un padrenuestro.
Épocas lejanas de alegres mañanas que se lleva el tiempo.
¡Vieja Arizaleta, cuna del abuelo!
Cuesta abajo el valle, cuesta arriba el cielo.

Consejos para mi hijo

Debe el hombre trabajar
si ha de vivir en su ley.
Hasta el rey si es un buen rey
pone empeño en gobernar.
Que el hombre, para alcanzar
una dicha manifiesta,
no debe de fiesta en fiesta
gastar su fuerza en la tierra.
¡Para vivir en la sierra
debe repechar la sierra!

Lo que hoy no puedas hacer
debes hacerlo mañana.
Aunque sea de mala gana
a la huella has de volver,
recruzarla y retener
el rastro, como un sabueso.
Un premio tendrá por eso,
tu rebuscar diligente.
¡Cinco monedas de a veinte
valen lo mismo que un peso!

Las cosas deben hacerse
en el momento propicio.
No ha de tener beneficio
el que en ello no se esfuerce.
Nunca debe acometerse,
el trabajo con engaño.
A sí mismo se hace daño
quien siembra fuera de fecha.
¡Se malogra la cosecha
del que siembra a fin del año!

No se triunfa en la tarea
si no se conoce a fondo.
Cuando un paisano es redondo
la ignorancia lo manea.
Pero el que sabe... capea
la miseria a todo viento.
Y siempre le queda el aliento
para ganarse la torta.
¡Si el cuchillo no le corta
no puede sacar buen tiento!

Lo que vayas aprendiendo
No lo debes olvidar.
Tratá siempre de sumar
A la par que vas viviendo.
Bueno es que vayas sabiendo
que a la par de los consejos,
en la boca de los viejos
la experiencia se le ayunta.
¡Cuando las huellas se juntan
la aguada no está muy lejos!

Para triunfar en la vida
tiene uno que ser constante,
trabajador y de aguante
en la tarea emprendida.
No habrá jornada perdida
si en ella se pone afán.
A ninguna parte van
los que se quedan en casa.
¡El que la harina no amasa
no puede comer buen pan!

Los hombres, por la apariencia,
no se les debe juzgar.
Hay quien puede atravesar
desgraciada contingencia.
Tal vez en otra querencia
se comenten sus hazañas.
A veces fuerzas extrañas
motivan esos desvíos.
¡Las piedritas en los ríos
son rocas en las montañas!

Para conocer a un hombre
lo debés hacer hablar,
y en la mente has de guardar
Pago o estancia que nombre.
Poco a poco, no te asombre,
lo vas a tener filiado.
Al paisano que es callado
no debés juzgarlo a risa.
¡No se le ve la camisa
al gaucho que está emponchado!

No hagas juicios prematuros
con los hombres de tu trato,
que el hombre no es como el gato
que puede ver en lo oscuro.
Nunca te sientas seguro
de que sabés acertar.
Y de que es fácil errar,
alguna experiencia tengo.
¡Para saber si uno es rengo
hay que verlo caminar!

Una palabra o un gesto
suele tener importancia.
A la rosa, su fragancia,
la pone de manifiesto.
Cuando un hombre se ha propuesto
manifestar su querella,
el dolor le pone en ella
gracia y pena en equilibrio.
¡Un rayo de luz a un vidrio,
lo transforma en una estrella!

Nochebuena

Esta noche reunidos
de la lumbre a la vera
adonde las castañas
rechinan y se tuestan
quebrándose con ruidos
de bocas que se besan.
Reunidos en familia
mientras llega la cena
hemos de alegrarnos
tocando la vigüela
y festejando el triunfo
de la pasada siega,
que es toda una delicia,
que es toda una promesa.
Riamos esta noche,
feliz de Nochebuena.

¿Quién es que sin festejos
esta noche se acuesta?
No seremos nosotros, ni ninguno
que a nuestro lado medra,
que hoy es día de Reyes,
que hoy es día de fiesta,
y a nadie permitimos
que vaya a sus tareas.

Que vengan bailadores,
sonajas, panderetas,
la gaita, la ocarina,
la alegre castañuela,
que ya llega España
vestida de fiesta,
tocando la Jota
mejor de la tierra.
Que estamos en la noche
feliz de Nochebuena.

Y mientras se cocina
la mejor merienda
para hacer la noche
más corta y amena,
que cuente nuestro padre
aquella historia añeja
de cuando era joven
y amante de juergas,
de amores en las viñas
junto a floridas rejas,
de amores y navajas,
guitarras y peleas.

Que hoy cuente sus andanzas,
sus trances y verbenas,
por aquella España
de fecundas vegas,
de montes escarpados
que espantan y serenan
blancos en las cumbres
y áureos en las ladera
donde la mies del Coto
con el calor se encera.
Por aquella España
de trofeos llena,
hoy tierna y laboriosa,
ayer fuerte y guerrera.
Por aquella España
graciosa y esbelta,
la de los verdes valles
do triscan las ovejas
y cantan los baturros
canciones de la tierra.
La de los altos encinares
y rubias sementeras
de alegre mozaina
y alegres muchachuelas,
de viejos rezongones
y atrevidas doncellas,
como flores de lindas,
como flores de frescas.

Que hoy cuente sus hazañas
en la Carlista guerra,
su paso por la Francia
hospitalaria y buena,
su viaje a la Argentina
buscando la riqueza,
sus múltiples trabajos
sus muchas peripecias.
Su vida de hacendado
en esta hermosa tierra,
después... su casamiento,
más tarde... los hijos que llegan.
Luego sus afanes
por darles escuela
y diga con orgullo,
erguida la cabeza,
que no ansía más dicha
que ver sus hijos cerca
y ver cómo lo quieren
y ver cómo se empeñan
en alejarle todo
motivo de tristeza.

Riamos esta noche
feliz de Nochebuena.

Que cante nuestra madre,
del mundo la más buena,
los versos más alegres,
y que al poner la mesa
siguiendo la costumbre
legada por la abuela...
bendiga nuestras vidas,
bendiga nuestra cena
y bese nuestras frentes
como ella sola besa,
con su gesto de madre,
de Santa y de princesa.

No quiero que mis versos
a nadie enmudezcan,
que estamos de alegría
y lágrimas no cuelan.

En la espumante sidra
ahoguemos las penas.
dejemos los negocios,
dejemos las faenas.
Saquemos del armario
los panes y botellas.
Pongamos los manjares
mejores en la mesa
y la henchida bota
que duerme en la alacena,
que deje su guarida
y salga para afuera,
que esta noche de vinos y sidras
ni una miaja queda.

Cantemos y riamos
la hermosa Nochebuena
Que padre y madre bailen
su “Aurrescu” que en la
tierra lejana de Navarra
en noches de verbena,
inicia la jarana,
y comienza la fiesta.
Que suenen los “irrintzis”
tremantes de fiereza,
que vengan “versolaris”
y canten en pareja.
Que llore la dulzaina
sus lánguidas cadencias,
que hoy estamos en casa
sin pizca de tristeza
y estamos festejando
la alegre nochebuena.

Que hoy suene la Jota
que pone en las venas,
mucho de alegría
y algo de bandera.
Que canten los navarros
y bailen las mozuelas
y rían los ancianos
haciendo castañuelas,
y ensayen zapateos
destartaladas viejas.
Que venga abajo el mundo
y rueden las estrellas
que esta noche reímos
hasta que amanezca.
Que estamos en familia,
festejando la fiesta
que siempre festejamos
en la Nochebuena.

Luciérnaga

Latido que se hace luz,
vibración que se hace vuelo.
Luciérnaga de mis campos
anochecidos de ensueños.

Una estrella diminuta
caída sobre un sendero,
o una luz, que va trazando,
caminitos en el cielo.
Caminos de polvo de oro
como caminos de cuento...!

Quién pudiera como ella,
a esta luz que siento adentro,
encenderla en un latido
y dársela al universo.

Ser luciérnaga también
en mis noches, sin linderos.
Iluminar con mi luz
a mi propio derrotero,
y en la vibración del alma
alas dar al pensamiento,
hacer luz a mis ideas,
y pájaros a mis versos!

Latido que se hace luz...
vibración que se hace vuelo.

Arriero de Fantasías

Los campos de mis mayores
hace tiempo se vendieron,
por escritura... son de otros,
pero... por amor... son nuestros!

Suelo llegar a esos campos
por rastrilladas de ensueños,
a revisar el ganado
invernado en los recuerdos.

Tengo una llave maestra
que abre tranqueras al tiempo.
Y salgo de recorrida
en redomones de viento.

Galopo a los cuatro rumbos,
y la tropilla que llevo
le pone pulso a la noche
con el latir del cencerro.

Cruzo y recruzo los campos,
sin que se quiebre el silencio,
que, en chistidos, la lechuza
reclama a cada momento.

Mi poncho lo ha humedecido
y perfumado, el sereno,
y lágrimas de rocío
se deslizan por sus flecos.

Nadie sabe cuando parto;
ninguno advierte, si llego.

Por las estancias que cruzo,
los vecinos están ciegos,
y no saben, ni adivinan,
por qué aúllan los perros.

Los fantasmas de la noche
trabajaron de aparceros,
para formar a la tropa
que arreo, cuando regreso.

Ganado flaco de penas
que quiero engordar de nuevo,
en potreros de esperanza,
donde no existe el invierno.

Silencioso andar de sombras,
con una sombra por dueño,
y un destino... tan lejano
que se pierde entre los tiempos.

Andar... Andar en la noche,
bien entablado el arreo,
y ver cómo se dispersa
al madrugar el lucero.

La realidad nos alumbra.
¡Las jornadas se cumplieron!

Transparentes en la luz,
desensillan mis reseros.

Arriero de fantasías,
es el oficio que tengo.
Y para andar por la vida,
entre dormido y despierto,
hallar los vados del río,
y cruzar campos abiertos,
¡debo tener en la sombra,
por lazarillos, mi sueños!